Universidad de Joyería Humana
Es la presentación de una novela en un período de tres meses, las piezas colgadas en la sala iban cobrando sentido en la medida en la que se leyera la novela.

Piezas de Joyería Humana
Collar, gargantilla, pulsera, prendedor, aros y anillo.
pelo, uñas y piel humana; engarces metálicos




Llegó a la primera imagen y empezó a pasar de imagen a imagen salteándose el texto. Las primeras cuatro eran fotos de máquinas, la quinta era la ratita sobre la hoja, la sexta era la hoja sobre la ratita, la séptima era la ratita sobre la hoja sobre una especie de balanza metálica, la octava y última era la hoja sobre la ratita sobre la misma balanza. En las últimas dos imágenes de veía el borde de una mesa de madera, sobre la que estaba la balanza. Su favorita era la última: vegetal sobre animal sobre mineral sobre vegetal. Le encantó que no se viera el piso, porque de esa manera podía seguir construyendo en su cabeza la secuencia vegetal, animal, mineral, vegetal, animal, mineral. La mesa estaría sobre un ciervo, y el ciervo sobre una piedra.
Cortó el pandulce al medio. Cubos pequeños de salamín, roquefort, queso gruyere, aceitunas, nueces y jamón parecían fruta abrillantada. Los quesos se habían derretido durante el horneado, pero seguían manteniendo una estructura compacta bien contenida por la masa esponjosa pero firme. Habían omitido el agua de azahar y así lo dulce no competía en sabor con los ingredientes salados.

El balcón de Laura era su preferido, estaba lleno de plantas de todo tipo en macetas de todo tipo. Plantas selváticas junto a orquídeas y cactus generaban un bioma esquizofrénico que jamás prosperaría fuera de ahí. Las plantas estaban vivas y, de hecho, gozaban de excelente salud hasta el punto de seguir reproduciéndose, así que no le parecía adecuado referirse a ese parche vegetal como algo “artificial”, aunque no dejaba de ser un rectángulo perfecto en el medio de una ciudad, a cuatro metros por encima del nivel del mar.

Para acceder a la cocina había que atravesar un pasillo que estaba ocupado en su totalidad por una mesa de ping pong que tenía el mismo ancho y había quedado encastrada. La única forma de atravesar el pasillo era pasando por debajo de la mesa, entre sus patas retráctiles formadas por un intrincado sistema de varillas y caños. Se agachó y encontró a Pedro entre los caños, dormido. Sacudió uno de los caños, la mesa tembló y Pedro se despertó, la miró con una cara muy triste y desvió la mirada hacia el piso.
_Gracias por venir.
_Gracias por venir.

Se imaginó a Laura entrando en ese momento a su departamento, ella tomando el papel gigante, como un pliego de piel, abriéndolo como una pañoleta y alzando a su amiga, liviana como una pluma. Recorrían el departamento mientras Laura agarraba cada objeto y lo metía con ella en la manta de piel, lo que tocaba de volvía humano.
En el centro de la mesa, sobre un plato, una estructura irregular formada por palitos salados pinchados en chizitos se extendía como una montaña, alta como la botella de litro y medio de Coca Cola que tenía al lado.
Se sentaron y Pedro, mientras le servía con un cucharón una sopa crema amarilla con cubos rojos que emanaba grandes volutas de vapor con olor a queso, empezó a explicar de qué se trataba la cena sorpresa.

_¿Tuvo miedo de perder material de la receta durante el proceso de colado y tamizado?
_En realidad no, lógicamente lo que iba a caer por los agujeros recortados era lo que cupiera en ellos, o sea, la porción del material correspondiente al tractor, así que no, no tuve miedo. Lo difícil fue la maniobra con la que pasé la mezcla a la cacerola.
_En realidad no, lógicamente lo que iba a caer por los agujeros recortados era lo que cupiera en ellos, o sea, la porción del material correspondiente al tractor, así que no, no tuve miedo. Lo difícil fue la maniobra con la que pasé la mezcla a la cacerola.